El diablo estaba a mi lado, mirándome con unos ojos profundos y un aspecto acechante a la vez que tremendamente hipnótico. Todo él era bello, sin duda, pero no era una belleza normal, sino oculta y con algo de prohibido, de inhumano, de obsceno. No era capaz de averiguar si era hombre o mujer, y era tal la atracción sexual que despertaba en mí, que me daba igual no saber cuál podía ser su naturaleza. Preferí dejar de mirarle, pues algo me estaba asfixiando. Delante de nosotros dos había dos recipientes pequeños, vacíos. Y entre nosotros había un cuenco dorado lleno de caracoles a rebosar. Pensé “¿por qué caracoles?” Pero me encontraba demasiado confuso como para reflexionar acerca de lo que me estaba pasando. Así que decidí seguir centrado en no dejar de respirar. El diablo cogió un caracol entre sus finos dedos, cuidadosamente adornados con grabados en la piel y anillos artesanalmentelabrados, y me dijo:
– Llegó el momento, Sebastián. Mírame y actúa en consecuencia. Tendrás seis oportunidades, y una séptima si me resultas divertido. No habrá preguntas ni respuestas. No habrá ganador ni perdedor. Ni siquiera habrá un tú y un yo. Solo yo soy. Solo en mí se reúne el poder de todas las cosas para sumar cero. Si comprendes esto, te daré la oportunidad de continuar con tu miserable vida. Si no, te quedarás para siempre en mis dominios y me ofrecerás tu dolor por toda la eternidad.
Una vez dicho esto, succionó el molusco con cierto deleite y lanzó la concha ya hueca hacia el recipiente vacío que tenía delante a no más de un metro de distancia. El pequeño caparazón rozó el borde de la vasija, pero no entró, y a mí me recorrió un escalofrío por la espalda cuando fui consciente de que mi vida dependía en ese momento de una partida de caracoles. Cogí uno, lo succioné dándome cuenta, a la vez que lo masticaba, de que estaba vivo, y con ganas de vomitar lancé el diminuto caparazón al aire rogando al dios que fuere hacer canasta, y así fue. Acumulé valor para mirar al diablo en busca de la información que pudiera darme algún gesto de aprobación o desaprobación, pero no vi nada. Permaneció impasible y continuó con el siguiente caracol.
Estaba angustiado y confuso, no podía pensar, ni siquiera sentir con claridad, y eso me estaba volviendo loco en cuestión de segundos. Quería sentir mediante el recuerdo, una vez más, el perfume de mi mujer, la piel de mis hijos o la sonrisa de mi madre, pero mi corazón en aquella estancia parecía haberse secado y mi cerebro era como aquel recipiente en el que no parecía entrar ni el aire, como una canasta de baloncesto en la que los balones recorren el aro creando una expectación que luego se verá frustrada porque nunca llega a pasar por la red.
Habíamos llegado a la sexta ronda. El diablo no había logrado meter ni una concha en su vaso, lo que me parecía bastante sospechoso y yo, de forma sorprendente, había logrado colar las cinco. Cuando el diablo se disponía a realizar el sexto lanzamiento, hizo algo que acabó de dispararme los nervios. Fue comiéndose uno a uno otros cinco caracoles y, agarrando los cinco caparazones restantes, hizo un lanzamiento con la mano digno de la mejor catapulta. Fue un lanzamiento perfectamente dirigido, el cual desembocó en la entrada en el recipiente de las cinco conchas. Yo estaba a punto de desmayarme. No terminaba de entender el sentido del juego y un sinfín de preguntas se me agolpaban en la garganta: ¿cómo ha podido colar cinco de golpe si lleva cinco lanzamientos fallidos? ¿A qué estaba esperando? ¿Por qué ahora? Y, si realmente domina este juego absurdo y se ha estado burlando de mí, ¿por qué lanza ahora cinco conchas y no seis o siete para superarme? ¿Es que quiere torturarme hasta que me rinda? Fijé mi vista en su jugada… yo era aficionado al ajedrez y, aunque aquello no tenía nada que ver con mi juego preferido, me permití parar un momento a mirar su recipiente y los caparazones que estaban fuera y dentro. Odiaba un juego en el que no existieran reglas previamente descritas, me parecía injusto y ruin, y detestaba el hecho de jugar a algo tan mediocre y simple como puede ser colar caracolas en una vasija. Odiaba ese momento, y el hedor que de forma creciente se apoderaba de la habitación. De alguna manera, me encontraba cada vez más cerca de la muerte. O de algo peor, del infierno.
– Juega… ¡ya!- su voz parecía robarme el poco oxígeno que quedaba en la habitación.
Como decía, pude pararme un instante a ver su jugada, cinco conchas dentro y cinco fuera. El mismo número de almas en un mundo y en otro. Y recordé sus palabras: “No habrá ganadores ni perdedores… solo yo soy. Solo en mí todo se hace cero.” Y así fue como cogí cinco caracoles, me los comí uno a uno con deleite por si eran lo último que podría saborear antes de una eternidad en el infierno, y lancé las cinco cáscaras sin cuidado, sin dirección, al aire, para ver cómo caían una a una, como a cámara lenta, sobre aquel suelo rojo sangre aterciopelado.
Me desperté en un quirófano, rodeado de médicos que parecían celebrar mi regreso al mundo de los vivos. El día que salí del hospital decidí no volver jamás a pensar en lo ocurrido, pero en las escaleras topé con un mendigo que me agarró de la chaqueta y me obligó a mirarlo. Le reconocí y su voz volvió a robarme el aire de mis pulmones:
– Volviste a tu miserable vida, por tanto, otro deberá ocupar tu lugar conmigo. Así es como la vida y la muerte mantienen su empate a cero.
Me soltó y subió las escaleras del hospital. Cuando recobré el aliento, me volví a mirar, y vi al mendigo hablando con una niña pequeña mientras le cogía la mano. No sé por qué lo hice, pero salí corriendo. Solo quería alejarme de aquel lugar.
Aún hoy, siento que sigo huyendo.
Por Mawi Justo.
Publicado por Telegráfica recolección literaria.
Editado Maclein y Parker.
